El reloj se había clavado en una hora cualquiera… Pasaron días hasta que lo notó, tal vez semanas. Los pasillos habían sido los testigos del movimiento: un recambio permanente de ideas y personas, construcción progresiva del Apepotamono que mostraba su otro ser en el reflejo. Había quedado ajena a todo, pendiente de los detalles de la nueva revista que se gestaba en el calor de su cueva (o era allí donde tomaba forma). En el tiempo detenido, sólo papeles y computadora.
Como sensaciones arrancadas de malos sueños venían los murmullos, el ajetreo exterior, las tijeras hacedoras de mariposas (debajo de las ramas; debajo, donde nadie vea). Se internaba en la lectura y el análisis, la corrección… Editar ese pequeño fruto que madurara en las jornadas de gestores, en la universidad. El tiempo a veces ingresaba a su oficina para recordarle los plazos, para ajustarla a lo necesario. Después sí la invadió toda, siempre se precisaba la intervención de un ojo tajante a la hora de articular los productos individuales. Los proyectos se superponían, se mezclaban, dejaban de ser para ser otra cosa. Y con todo llegó a término, como le dictaba su espíritu de perfección… Aunque quedaran jirones desparramados por ahí. Perdió mucho pelo en esa época.
Sin embargo, no fue hasta hace unos días que notamos las consecuencias… Pupilas dilatadas y destrozo en las paredes. Uno pronto comprende por qué se le teme a las recaídas, ¿pero quién le explica a Ninfaaaa la pérdida de sus ramas? Puertas y marcos totalmente roídos, todo un extremo del escritorio en pésimo estado… Considerando los daños materiales, el de la revista de agosto la sorteamos tranquilamente con Fe de erratas.